Desde tiempos inmemoriales, las manos otavaleñas han hilado lana y algodón, teñido con plantas y tejido en telares de cintura y de pedal.Durante la Colonia, cuando los obrajes impusieron jornadas interminables, tributos y enfermedades, cientos de indígenas sostuvieron con su cuerpo una industria que no les pertenecía. Mas, aun en ese escenario de opresión, las hebras guardaron una certeza: la identidad no se rompe ni se deshila.Cuando la Pachamama miró a sus hijos, desató su fuerza telúrica: primero contra los obrajes y, luego, contra las fábricas de tejidos; sin embargo, los tejedores siguieron en pie. Nunca dejaron de crear ponchos, fajas, bayetas y cobijas. Las mujeres, con huso de sigse, rueca o torno, hilaron la continuidad de su pueblo. Lo que antes fue un oficio impuesto, se transformó en un acto emancipatorio.En cada tejido se reproduce la vida: el surco donde germina la semilla, los campos que florecen y el cosmos que ordena. Los colores dialogan con la naturaleza; los diseños narran mitos, ciclos y memorias. Los textiles otavaleños son un archivo sagrado, un acto de resistencia que se hereda y un territorio donde la historia vuelve a escribirse con reiterada dignidad. (Otavalo, Imbabura, Ecuador)