Entre el 3800 y el 1500 a. C., detuvieron su andar para construir aldeas, espacios ceremoniales y cotidianos que fortalecieron sus lazos con lo sagrado. Al conocer la naturaleza, sellaron un pacto íntimo: ella les daría el maíz, el agua y la tierra; los valdivianos, a cambio, le ofrecerían su respeto, tributo y cuidados.De esa relación armónica nació su cerámica —vasijas, placas y figurinas—, objetos que revistieron su utilidad con el lenguaje simbólico y espiritual de este pueblo. Espirales, rombos, diagonales, cruces y triángulos que siguen narrando sobre la serpiente, el felino, el búho, los cuatro rumbos, la Luna y los solsticios; y sobre la mujer, como arquetipo y matriz de la vida y el tiempo. Valdivia es la memoria de un pueblo que convirtió la tierra en arte y el arte en una forma de comprender el universo.